miércoles, 18 de enero de 2017

La decadencia femenil: La victoria de Freud en el "Mardi Gras"

Una mujer se desnuda en vía pública en la fiesta del "Mardi Gras" de New Orleans (Estados Unidos).



El sistema del patriarcado ha creado una forma de sociedad en la que hombres y mujeres no están separados por un signo de igualdad. El hombre ha sido enarbolado, por imposición, a un lugar superior, reconocido como ente humano con un fin en sí mismo. Por el contrario, la mujer ha sido desterrada a la posición de objeto, a merced del hombre; como esclava de sus mandatos; sumisa ante sus preceptos intelectuales y físicos.

Es el sistema patriarcal, tanto homosexual como heterosexual, el que ha delineado una colectividad social en la que la mujer debe ser enmarcada como retrato objetal al servicio del hombre, bajo su despotismo y abuso constante; en un espacio, donde ella no ha podido descubrir su propia integridad. Son los hombres los que han fabricado el club del esclavismo, donde stripers lo enseñan todo por un precio determinado, en un averno cerrado para los demandantes viriles del caciquismo. 

Son los hombres quienes han organizado fiestas en donde en una especie de plaza de toros, hay mujeres que por un precio abyecto se despojan de toda su ropa ante una mesnada de febriles varones y la presencia de niños, que maman de ese machismo. Son ellas las que se prostituyen para el lucro masculino y no al revés. 

Freud aseveró que el trasvase de poder de la madre al poder del padre supuso:


“Un triunfo de la espiritualidad sobre la sensualidad, o sea, un progreso de la cultura, pues la maternidad es demostrada por el testimonio de los sentidos, mientras que la paternidad es un supuesto edificado sobre un razonamiento y sobre una premisa. La toma de partido que eleva el proceso del pensar por encima de la percepción sensible se acredita como un paso grávido en consecuencias”.


Freud, el padre del psicoanálisis machista, mantuvo las siguientes ideas acerca de la mujer:“La anatomía es el destino. Incluso la vida sexual de la mujer adulta sigue siendo un continente negro para la psicología. Pero hemos discernido que la niña siente pesadamente la falta de un miembro sexual de igual valor que el masculino, se considera inferiorizada por esa falta, y esa envida de pene da origen a toda una serie de reacciones característicamente femeninas. El cuerpo femenino es una criatura mutilada”.A esta abstracción filosófica misógina, el diccionario psicoanalítico freudiano apuntala:


“Las vicisitudes de la niña son diferentes. Al descubrir la niña la diferencia entre su clítoris –zona erógena rectora de la etapa fálica en la mujer– y el pene, se siente objeto de una injusticia, de una minusvalía que un principio es sentida como un castigo propio, luego se extiende a otras niñas y más tardíamente a la madre y a la mujer en general. La comparación del clítoris con el pene la hace sentirse mutilada, y envidia  ese órgano al niño, del que siente haber sido despojada; esta envidia la impulsa a sofocar rápidamente la masturbación clitoridiana”.


Sigmund Freud nunca nombró a las heroínas de la mitología griega como Atalanta, pero siempre habló del héroe. Siempre consideró a la mujer como un hombre incompleto, como una figura amputada que anhelaba a ese órgano de supremacía: el pene.Fue el médico vienés quien dijo que la mujer era una criatura mutilada. Un planteamiento insondablemente machista, alejado de toda pureza de lo real, una imposición categórica del sistema patriarcal asesino que coadyuvó a la esclavización de la mujer; un delirio masculino que le llevó al poder y a la fama, al jugar las cartas que el clandestino sistema viril y falocéntrico, el que gobernaba, y gobierna, en la sombra, y decide todo cuanto vemos y sentimos, llevaba imponiendo desde milenios.

El sistema homicida que instala a la mujer como objeto, denigra a uno de los géneros, que parte por biología, alma y razón, como igual, en la ecuación humana, con objeto, de aborregar al género masculino generalista y hacerle ver que tiene que comprar a su mujer, amaestrarla, coaccionarla o someterla para que sea de su poder.

En la decadencia más hermética, una fiesta como el Mardi Gras, en New Orleans (EE UU), representa el claro dominio del hombre sobre la mujer. Un carnaval que marca una pauta sociológica de opresión cimentada en el androcentrismo. Freud, ya subrayó en El tabú de la virginidad que la mujer emancipada exteriorizaba siempre, en su liberación como mujer, una aversión a los hombres, pues esa autonomía, suponía una conminación al macho en su altivez, lo que damnificaba su predominio. Por tanto, el sistema patriarcal vendió que la liberación de la mujer se lograría cuando ella se autodegradara a sí misma, y el Mardi Gras, es un ejemplo palmario.Además, en ese mismo escrito, Freud declaró que la mujer, en su inconsciente femenino particular, cree en su inferioridad física pues, en el acto sexual ejecutado en la genealogía de la humanidad, fue subordinada al yugo masculino, de ahí su resquemor, transmitido de forma filogenética.

El régimen androcentrista, que timonea la vida social, se sirvió del machismo freudiano para definir a la mujer como un ser mutilado, bajo la subyugación del arma anatómica de poder: el pene. De ahí, que sea la mujer usada como elemento a cosificarse. Por ello, es la hembra la que debe humillarse a sí misma bajo el arbitrio viril, y es ella, la que enseña los senos en el Mardi Gras, mientras el hombre, aparece como el valor rector, y es él, quien debe  desnudarla, pues él, nunca desviste su integridad humana.

La sociedad estadounidense, valedora de los bienes inhumanos más ignominiosos, edificada bajo un machismo tiránico, recrea esta fiesta como un pilar de diversión y goce fálico: el goce que enarbola la superioridad de los machos frente a las féminas; los cachorros del machismo sistémico. Una fiesta donde mujeres enseñan sus senos, en vía pública, por un collar de plástico que apenas puede valer 50 céntimos. Por supuesto, los hombres no enseñan nada. 

Ellos llevan los collares del baldón sólo para ellas: las explotadas, las seres-objeto del no-ser con las que jugar. ¿50 céntimos para carbonizar tu dignidad humana ante una caterva de cerdos, violadores y pederastas? No tiene sentido, pero la alienación y el embrujo adueña inconscientes libres y los apresa, con toda la violencia necesaria. Una amiga de Detroit me dijo una vez que la mujer enseñaba y el hombre no: “porque el hombre es superior a la mujer”. Los hombres manosean los senos, los succionan, y además, abusan de las más borrachas y drogadas, con violaciones fundadas en una sevicia de carácter infrahumano, en consensos de omisión y aquiescencia, nutridos, por los peores belcebús y los más pusilánimes degenerativos. 

En ese carnaval, las violaciones y los abusos sexuales se disparan.“¿Pero qué tipo de abusos o violaciones va a denunciar una mujer libertina que muestra sus senos y se deja hurgar ante una muchedumbre enferma por un collar de plástico de mierda?” Ésa es la opinión de políticos, jueces y policías, servidores del sistema, que junto a una caterva sociopática llamada: ciudadanía, permiten dichos comportamientos por las colosales cantidades de dinero que genera dicha festividad, y las perversiones que promueve, con un reconocimiento a nivel mundial. El Mardi Gras es semoviente de muchas billeteras.

A diferencia de la estríper o la prostituta que cobra por ofrecer su cuerpo, en esa fiesta, todo es gratis. Los germinadores del feminicidio secuestran el inconsciente feminista, y exponen el cuerpo de la mujer, bajo la tapadera de la diversión, con mensajes patriarcales en los que se expresa que la mujer que no enseña, no es una open mind, y por tanto, es una reprimida. Y ellas, las que muestran sus senos, decadentes ante lo real, ríen en la puerilidad de la esterilidad cognitiva, dejando fregar su dignidad, en la inocencia, que capitaliza violaciones y asesinatos, por los mismos hombres, que quieren pisar, y pisan, la dignidad de ese ser humano ubicado por naturaleza, en el mismo rango que el hombre: la mujer.

La religión, además, también es usada como trampa para la argucia de los sistémicos patriarcales, al mantener, que el Mardi Gras supone el estadio anterior a la Cuaresma y el inicio de la Semana Santa: la época de la castidad y la abstención sexual, para así, justificar, la perversión sexual, el desenfreno y la lujuria, donde sólo unas son destapadas y abusadas, pues los otros, siempre tapados, son los que se aprovechan de ellas.

Freud, uno de los padres supremos de lo falocrático, como general lameglandes del sistema patriarcal, que quiso crear su propia secta psicológica, fundando el psicoanálisis como pseudaciencia, consigue su gran victoria en lo teórico, al ver a la mujer expuesta como objeto inerte ante el hombre en el Mardi Gras.El médico, lleva el machismo a la calle, donde mujeres son engañadas bajo la mano peluda de los machos, creyendo, que por mostrar y dejarse tocar sus propios pechos, degradando su propia integridad, por un ruin collar de plástico, en calles donde depravados sexuales alquilan balcones, y los lanzan de los mismos, o exhibiéndose en la propia acera, van a conseguir ser liberales y se van a destrabar de sus represiones sexuales, sin saber, que con esos actos financian al sistema patriarcal asesino, y rubrican aserción, a los pensamientos freudianos del machismo, donde la mujer era un ser inferior bajo el dominio viril, poseedor del órgano sexual todopoderoso: únicamente por tamaño.

¿De dónde sale la sevicia sexual hacia las mujeres? ¿Qué supone para una mujer el hacer mamading por alcohol en Mallorca? ¿Qué reflecta una mujer destetada en lo sanfermines ante una miríada de psicópatas que se ríen y manosean a la drogada o desviada? ¿Qué simbolizan las fiestas universitarias de camisetas mojadas para chicas voluptuosas? ¿Qué significa que una mujer muestre sus senos y se deje restregar por viriles vesánicos por un collar de plástico en el Mardi Gras de New Orleans? La elucidación es muy límpida: significa suscribir el machismo definido como pseudociencia bajo el aliento fétido de Freud, en el que la mujer no es un ser humano con un fin en sí mismo, al igual que el hombre, sino que se establece, bajo precepto dogmático, como unidad gregaria, como subhombre, como ente segundón, débil y dependiente; como objeto del varón, al servicio del sistema patriarcal esclavizador de mujeres.

La mujer que muestra sus senos en el Mardi Gras define su decrepitud, aceptando un juego cuyas reglas masculinas notifican: que es la mujer la que se tiene que doblegar en público, y no, el hombre. Esta mujer caligrafía su autosupresión de entidad humana, como figura que se siente castrada, y por tanto, inferior, por exhibirse en la festividad de las reglas masculinas falocráticas, aseverando su servilismo al no tener eso que el hombre sí tiene: el pene; ese órgano que define la hegemonía masculina. Y es, en ese sentido, donde el machismo freudiano obtiene su gran victoria.

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