Imagen cedida por la actriz Tatyana Suñé,
Antes que Nietzsche, Ludwig Feuerbach, ya notificó la muerte de Dios, y con ella se intentó municionar contra la idea de un padre patriarcal divino que nos protege, y nos dará guarida, cuando hayamos perecido. El designio de Dios es una invención del hombre incapacitado para enfrentarse al dolor, la enfermedad y la muerte. El hombre inventó a su Dios, como ente suprahumano que ampara, vigila y dará vida eterna tras la sepultura: fantasía de hombres.
Ahora bien, en verdad, no es la idea de Dios la que inventamos sino la idea del amor en sí. Todo nuestro mundo interior y exterior está mallado por esa idea falsaria que une nuestras vidas en colectividad: el amor. El amor, de valor intangible y fantasmal penetra en nuestros pensamientos como la única certeza de nuestra existencia. Sin el amor el ser humano no podría vivir, no podría ser humano, no podría zanquear por la vereda, nutrir su organismo o apreciar auroras. Y no por ello, no porque no seamos capaces de vivir sin él quiere decir que sea cierto.
Nietzsche, en Aurora, expresa:
"Éste está vacío, y querría estar lleno; aquél está rebosando, y querría vaciarse; ambos se sienten impulsados a buscar un individuo que les ayude a realizar su fin. Este fenómeno, interpretado en un sentido superior, lleva en ambos casos el mismo nombre: "Amor". ¿Cómo? ¿Será el amor algo desprovisto de egoísmo?"
La mentira ha prohijado a una bastarda llamada fábula que serpea por nuestras vidas en cada acción, cada palabra intercambiada, cada aliento mutualizado. Y en todas esas situaciones, se aviva la idea del amor, como veracidad universal suprema que reside en el corazón de todos los seres humanos, donde aquéllos que sienten odio es porque han carbonizado el amor, reflejando la praxis, de que el odio es un amor chamuscado, producto de un dolor, a veces, inexpresable.
El amor es una fijación neurótica en el otro, quien tiene que donarnos con su mirada y dedicación, la verdad metafísica que alberga la pureza de nuestras entrañas. El amor es el hilo de saliva enmascarado en aliento que nos une al otro humano, pero… ¿es algo que parte de lo real o de lo imaginario?
La industria del cine, la publicidad, la televisión e Internet, junto al sistema político y judicial, ha promovido el amor como elemento unificador, como valor superlativo que rige al único motor de nuestras vidas. La frase típica: Vivimos para amar. Con el concepto de amor un partido político gana unas elecciones, se conquista a una chica para una noche, se logra un trabajo, se vive de la chequera materna, se cree en un Dios o en una iglesia, se tiene fe en una ideología, se tranquiliza nuestra mente en el vacío, se abriga a la desesperación en la frialdad de la soledumbre. El amor es un potenciómetro enrojecido por el ingente voltaje.
El amor se inicia en nuestra madre, quien nos da la vida y parece vivir sólo para nosotros, pero dicha reflexión es quimérica, nuestra madre no nos ama sino que se afianza en un estado de posesión infernal cuando salimos de su cuerpo, y cree que esa nueva materia corpórea, nosotros, somos parte de sus entrañas, por lo tanto, no nos ama sino que siente una tenencia enfermiza por nuestro cuerpo, ella enjuicia, que nosotros no somos un ente independiente, sino parte de ella, de ahí, su obsesión desvirtuada en amor.
El amor se ramifica en distintas estructuras: familia, sistema educativo, sociedad, amigos y parejas sentimentales. Para mí, en todo ellos es artificioso. El amor siempre mantiene una lazada de interés. Sin interés no hay amor. Hay quienes ven una película romántica y lloran, y después ven mutilados en el metro y les importan una puta mierda.
Pero si hay un tipo de amor falsario, el más impostor de todos, es el amor de pareja. Ese amor no es más que una derivación de la pulsión sexual; sin pulsión sexual no hay amor. Cuando vemos las escenas de largometraje con una música extradiegética nostálgica, donde dos seres humanos que entrecruzan sus dedos y clavetean sus pupilas elucidan, explicita o implícitamente, que allí hay amor, lo que se esconde en el espectro del aliento sin nombre es que lo que se está produciendo en esa escena es la ejecución de una pulsión sexual entre dos sujetos. Sin atracción sexual no hay amor, lo siento pero es así. La pujanza sexual que se vierte en nuestros sentidos, declara, si hay gravitación sexual o no, y en caso de que la haya, entonces, podrá consumarse eso que vulgarmente se llama amor.
Cuando un ser testifica su amor y es rechazado es porque la otra persona no siente nada en lo sexual hacia ese enamorado. La relaciones se diluyen porque la atracción sexual se desvanece, y si hay relatos de amor que permanecen son por otras circunstancias, tales como: la creación de un núcleo familiar, la necesidad de compañía, el miedo a la soledad, el deseo de permanecer con alguien, la desidia espiritual, el miedo a llevar una vida salvaje que cercene a la comodidad vital de tu narratología interior… etc.
Nietzsche, en Aurora, nos testifica acerca del amor:
Nietzsche, en Aurora, nos testifica acerca del amor:
"Los hombres hablan del amor con tanto énfasis y tal adoración porque nunca han tropezado con mucha cantidad de él y no han podido hartarse jamás de este manjar; así es como ha llegado a convertirse para ellos en ambrosía, en un manjar divino. Si un poeta quisiera presentar realizada la utopía del amor universal de los hombres, tendría que describir un estado tan atroz y ridículo como jamás se vio en el mundo; cada uno se vería acosado e importunado, no por un solo amigo, como sucede ahora, sino por millares, por todo el mundo, gracias a esa inclinación irresistible, que sería entonces tan maldecida e insultada como el egoísmo por la humanidad antigua. Los poetas de esta nueva, si les dejaba tiempo para componer sus obras, no harían más que soñar con aquel pasado dichoso sin amor, con el divino egoísmo, con la soledad que antaño era posible en la tierra, con la tranquilidad del estado de antipatía, de odio, de desprecio y todos los nombres que puedan darse a la infamia, de la animalidad en que vivimos".
Dios ha muerto dijo Feuerbach antes que Nietzsche. Ambos querían asesinar la idealización que ello representaba, y evitar la flagelación fisiológica del humano en el mundo real por la ilusión de un mundo aparente e inexistente. Pero el problema no era Dios, sino el amor, ese germen inventado por un sistema de conciencia impuesto, que nos unía y nos une a él. Un amor prefabricado que nos une también entre congéneres en nuestro hoy. El amor es el nudo de energía libidinal más potente. Sirve para tener amarrados a toda una humanidad. Los que gobiernan el mundo en la cripta son depredadores sexuales que no sienten amor por nadie, y ellos, son los que han ingeniado el concepto.
Para mí, el amor no ha muerto, porque nunca existió, es una quimera; la putada es que sin él, el 90% de los humanos o humanoides, no podría vivir. Sin amor nadie es capaz de tejer nada ni de moverse hacia algo, sea lo que sea. Pero yo os diré que la aceptación del amor como derivación de la pulsión sexual es la base de todo nihilismo liberador. Las fabulas no son necesarias ni para vivir, ni para soportar la vida; si la vida es insoportable aprenda usted de su crudeza, de su vacío, de su angustia. La persona suprahumana, que ha vencido a la mentira que le cohesiona a este vil mundo gracias a las razones nihilistas y espirituales, ya sea virgen o libidinosa (ninfómano o ninfómana), no debe estar sujeto a patrañas que sólo le atontan.
Aquél y aquélla que llora por amor, y vive como un estropajo o se suicida por desamor, que se flagela o se atormenta al no sentir el hechizo embustero del enamoramiento, carece de la voluntad para aceptar la verdad: EL AMOR NO EXISTE, ES UNA PURA DERIVACIÓN DE LA PULSIÓN SEXUAL. Lo siento, pero sin atracción de lo sexual no hay amor.
Me gusta, la amo, estoy enamorado… por supuesto, y le quiero meter un pollazo de la hostia… Sin ese pollazo, no hay amor: lo primigenio funda a lo secundario. La pulsión sexual es el epicentro de todo, la cosa en sí; sin esa pulsión, no se puede relatar ningún amor, y por tanto, sentirlo.

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